La decisión del presidente estadounidense Donald Trump de reconocer a Jerusalén como capital de Israel pone en riesgo la estabilidad de la región, y hasta fue criticada por el papa Francisco. Desde 1967 Israel anexó la ciudad y la proclamó su capital, sin embargo, la comunidad internacional considera a Jerusalén territorio en disputa, y prácticamente todas las naciones tienen sus embajadas en Tel Aviv.

Sucede que al ser considerada una ciudad sagrada por las tres grandes religiones monoteístas —judíos, cristianos y musulmanes— Jerusalén es objeto de numerosas disputas que, a lo largo de siglos, derivaron en reiteradas conquistas y reconquistas. En 1947 la Asamblea General de la ONU aprobó la resolución 181 para la partición de Palestina en un Estado judío y otro árabe, y se consideró a Jerusalén como una “entidad aparte”, una ciudad internacional que sería administrada durante diez años por la ONU. Sin embargo, esto no llegó a aplicarse debido al estallido de la primera guerra árabe-israelí en 1948, que derivó en la división de la ciudad en dos partes: este, bajo control árabe; y oeste, en manos de Israel.

Más adelante, la parte oriental de Jerusalén, que incluía la ciudad vieja y los lugares sagrados, quedó primero en manos de Jordania hasta 1967, y luego de la Guerra de los Seis Días, Israel tomó el control de toda la ciudad, aunque se aprobaron tratados para garantizar el acceso de fieles de las tres religiones a los lugares sagrados. De todas maneras, la decisión de anexarla nunca contó con reconocimiento internacional.

La determinación de Trump acerca de “que es tiempo de reconocer oficialmente a Jerusalén como la capital de Israel”, durante un discurso desde la Casa Blanca, provocó entonces la reacción internacional, que fue tan inmediata como negativa. La mayoría de los líderes occidentales criticaron la postura, como por ejemplo el presidente de Francia, Emmanuel Macron, quien calificó de “lamentable” la postura del mandatario norteamericano.

En tanto Jorge Bergoglio, elevó un pedido para que se respete el “status quo” de Jerusalén, asegurando que un aumento de la tensión podría avivar conflictos en el mundo. En tanto, Arabia Saudita declaró que una medida de ese tipo “tendría un impacto nocivo en el proceso de paz”, mientras que por su parte, Jordania advirtió de “consecuencias graves” y el jefe de la Liga Árabe, Abul Gheit, indicó que esa decisión “nutriría el fanatismo y la violencia”. Turquía aseguró que esto sería “una enorme catástrofe”.

Para Israel, Jerusalén es su “capital eterna”, y líderes como Benjamin Netanyahu han dicho que rechazarán cualquier negociación que no ceda la ciudad oficialmente a su control. Mientras tanto, los palestinos buscan situar su capital en el lado este de la demarcación, región capturada por Israel en la Guerra de los Seis Días de 1967 y anexada en una decisión que nunca contó con reconocimiento internacional.

 

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